
Aprendí a leer con videos en YouTube
A los cincuenta años se atrevió a abrir su primera cuenta. Hoy dedica una hora cada noche a estudiar con tutoriales que le devolvieron algo que la vida le había negado.
Ernesto Villalobos, 52
Edición N.º 24 · Julio 2026
Un cuaderno editorial hecho a mano donde recopilamos testimonios honestos sobre lo que la red nos da, nos quita y, sobre todo, nos enseña. Sin filtros, sin titulares gritones.
“Detrás de cada pantalla hay alguien contando una vida entera en trescientos caracteres. Nosotros escuchamos el resto.”

Testimonios
Historias enviadas por lectores de toda Latinoamérica. Editadas con cariño, publicadas con permiso.

A los cincuenta años se atrevió a abrir su primera cuenta. Hoy dedica una hora cada noche a estudiar con tutoriales que le devolvieron algo que la vida le había negado.
Ernesto Villalobos, 52

Publicó una anécdota familiar un domingo por la tarde. Al amanecer, tres editoriales le escribían y una agencia le ofrecía representación.
Camila Restrepo, 27

Un grupo de vecinos en Facebook la ayudó a rastrear una fotografía antigua. Del otro lado del país, alguien reconoció ese rostro y contestó.
Doña Rosa Mendieta, 74

Nunca quiso ser creador de contenido. Una noche subió una reflexión de tres minutos y despertó con la bandeja de mensajes desbordada.
Julián Andrade, 19

Perdió su empleo en la pandemia y empezó a vender por Instagram desde la cocina. Cuatro años después envía pedidos a tres países.
Mariana Ospina, 38

Un mensaje mal enviado terminó en una amistad que ya cumplió siete años, dos mudanzas y un viaje juntas por Sudamérica.
Sofía y Renata, 31
Historia destacada del mes
Por Valentina Mora · 12 min de lectura

Valentina, en el patio de su casa en Rosario, un jueves de otoño.
Durante casi diez años, Valentina trabajó como community manager para una marca de cosméticos. Publicaba doscientas veces al mes, contestaba mensajes hasta la madrugada y medía su valor por la cantidad de corazones ajenos. “Un día me di cuenta de que no recordaba el sonido de mi propia risa”, cuenta. “Solo el de las notificaciones”.
Renunció en marzo. Guardó el teléfono en un cajón y empezó a caminar por su barrio. En la esquina de siempre descubrió un taller de cerámica al que había pasado por delante mil veces sin ver. Entró por curiosidad. Salió con las manos llenas de barro y con una amiga nueva.
“Internet me había enseñado a pertenecer a todos lados. Me faltaba aprender a pertenecer a una cuadra.”
Hoy Valentina sigue en línea, pero de otra manera. Publica una foto por semana, contesta cuando puede y usa las redes para invitar al taller a quien quiera aprender. “No estoy en contra de internet”, aclara. “Estoy a favor de recordar que del otro lado también hay una vida”.
La conversación termina cuando su gata se sube sobre el cuaderno. Valentina se ríe. Esta vez, dice, sí escuchó el sonido.
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Recibimos testimonios de todo tipo: aquella vez que un tuit te cambió el rumbo, el reencuentro por un grupo de Facebook, el primer negocio que abriste desde el celular. Las leemos una por una, con tiempo y sin apuros.